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Portada » LA ODISEA REÚNE TODAS LAS OBSESIONES DE NOLAN, AUNQUE SU ESPECTÁCULO NO SIEMPRE CONMUEVE
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LA ODISEA REÚNE TODAS LAS OBSESIONES DE NOLAN, AUNQUE SU ESPECTÁCULO NO SIEMPRE CONMUEVE

El director convierte el poema de Homero en una reflexión sobre la memoria, la guerra y la necesidad de volver. El resultado es un épico visualmente extraordinario, pero irregular cuando intenta acercar el mundo antiguo a la sensibilidad contemporánea.
Fabrizio Denodojulio 17, 2026No hay comentarios7 Mins Read CINE
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Esta crítica contiene spoilers moderados.

Christopher Nolan lleva buena parte de su carrera contando historias sobre personas que intentan regresar.

En Interestelar, Cooper atraviesa el espacio con la esperanza de reencontrarse con sus hijos. En El origen, Cobb quiere recuperar la vida que dejó atrás. Dunkerque convierte la supervivencia y el retorno en una experiencia física, mientras Oppenheimer observa a un hombre obligado a convivir con las consecuencias de aquello que ayudó a crear.

La Odisea no representa, entonces, un desvío dentro de su filmografía. Es el relato al que muchas de sus películas parecían dirigirse.

Después de combatir durante diez años en la Guerra de Troya, Odiseo intenta regresar a Ítaca, donde lo esperan Penélope y Telémaco. El viaje se extiende durante otra década y lo enfrenta a monstruos, tentaciones y recuerdos que convierten el regreso en una exploración de las consecuencias de la guerra.

El regreso comienza en Troya

La película encuentra su verdadero punto de partida en el caballo de Troya. No lo presenta únicamente como la brillante estrategia que permitió terminar la guerra, sino como la decisión que persigue a Odiseo durante todo el viaje.

El montaje de Jennifer Lame regresa varias veces a ese acontecimiento. Cada nueva aparición modifica lo que creíamos entender: primero observamos el ingenio militar, después la destrucción y finalmente el costo psicológico de la victoria.

Ese movimiento transforma la estructura episódica del poema en una narración construida desde la memoria. Las escenas no siempre aparecen en un orden inmediato y algunas parecen incompletas hasta que otra secuencia les entrega un nuevo significado.

El relato avanza como la mente de Odiseo: fragmentado, resistente a ciertos recuerdos y obligado a reconstruir aquello que preferiría no volver a mirar.

Nolan suele ser acusado de explicar demasiado sus películas. Aquí continúa ofreciendo diálogos expositivos, pero permite que la estructura comunique parte de lo que el protagonista no puede expresar. La narración se vuelve más clara a medida que Odiseo recupera sus recuerdos y reconoce su responsabilidad en la devastación de Troya.

Un héroe después de la guerra

Esta no es una celebración convencional del viaje del héroe. Volver a casa no funciona como una recompensa, sino como una pregunta: ¿es posible recuperar la vida anterior después de haber participado en una destrucción semejante?

Matt Damon interpreta a Odiseo desde el agotamiento. Su actuación es contenida, áspera y deliberadamente alejada del carisma habitual de los grandes héroes épicos. Es un hombre que todavía sabe tomar decisiones, pero parece haber perdido la certeza que alguna vez le permitió conducir a otros.

La elección es coherente con la propuesta. El problema es que el guion también suaviza varias de las contradicciones más inquietantes del personaje original.

El Odiseo de Homero puede ser ingenioso, cruel, manipulador y orgulloso sin responder a nuestra moralidad. Nolan lo acerca a una sensibilidad contemporánea mediante la culpa y el arrepentimiento. Eso ayuda a comprender su trauma, pero reduce parte de la oscuridad que lo convertía en una figura impredecible.

Robert Pattinson, como Antínoo, funciona en el extremo contrario. El pretendiente de Penélope todavía entiende el poder como representación, violencia y espectáculo. Su energía teatral contrasta con un Odiseo casi vacío y devuelve movimiento a una historia que, en manos de su protagonista, a veces parece detenerse.

Un mito que habla como nosotros

La modernización también aparece en los diálogos, los acentos y la manera directa en que se relacionan los personajes. Nolan evita la solemnidad habitual del cine ambientado en la Antigüedad y presenta a reyes, soldados y príncipes como personas cansadas, inseguras y vulnerables.

La decisión tiene una justificación interesante. La Odisea nació de una tradición oral y sobrevivió porque fue contada, modificada y reinterpretada durante siglos. Tratarla como un texto intocable habría contradicho, en cierta medida, su propia historia.

El lenguaje contemporáneo refuerza la idea de que estos personajes pertenecen a un mito todavía vivo. Sin embargo, la cercanía también tiene un costo.

El mundo de Homero no separaba con claridad lo humano, lo natural y lo sobrenatural. Los dioses intervenían directamente en el destino de los mortales y también respondían a deseos, rivalidades y caprichos. Nolan conserva esa presencia, pero la transforma con frecuencia en tormentas, sonidos, coincidencias y manifestaciones ambiguas.

El resultado permite interpretar a los monstruos y divinidades como hechos literales, proyecciones traumáticas o deformaciones surgidas al contar una historia. Esa ambigüedad resulta estimulante, aunque también reduce la extrañeza de una sociedad cuya relación con la violencia, el destino y los dioses era profundamente distinta de la nuestra.

El problema de reunir demasiadas historias

El carácter episódico del poema continúa siendo uno de los mayores obstáculos de la adaptación. Cada isla introduce un nuevo escenario, otras reglas y personajes que podrían sostener una película propia.

El montaje consigue conectar buena parte de esos fragmentos mediante la memoria, pero no evita que algunos episodios parezcan incluidos por obligación. El cíclope, las sirenas y otras figuras reconocibles generan imágenes poderosas, aunque no todas contribuyen con la misma intensidad al recorrido emocional.

El reparto también produce un efecto contradictorio. La cantidad de estrellas ayuda a convertir cada encuentro en un acontecimiento, pero la aparición constante de rostros conocidos puede sacar al espectador del mundo de la película. Algunos personajes ingresan, ofrecen una escena llamativa y desaparecen antes de adquirir verdadero peso.

La secuencia del Hades demuestra que la estructura episódica puede funcionar cuando forma y contenido avanzan juntos. Allí, el realismo físico se rompe, el montaje se vuelve más inestable y la película se aproxima a una dimensión genuinamente perturbadora. No se siente como otra parada del itinerario, sino como un descenso necesario dentro de la mente del protagonista.

La imagen sostiene el viaje

Donde La Odisea alcanza una dimensión difícil de discutir es en su construcción visual.

Es la primera película rodada íntegramente con cámaras IMAX de 70 milímetros. Hoyte van Hoytema utiliza ese formato para establecer una relación constante entre los cuerpos y el paisaje. Los personajes aparecen reducidos frente al océano, las montañas y las construcciones que atraviesan.

La escala no funciona solamente como espectáculo. También comunica la fragilidad de Odiseo y sus hombres ante un mundo que no comprenden ni controlan.

El diseño sonoro y la música de Ludwig Göransson completan esa sensación. El mar nunca es solo un paisaje: cruje, amenaza y parece observar a quienes intentan cruzarlo. La música amplifica el peligro y, en algunos momentos, aporta la emoción que el guion no ha conseguido desarrollar por completo.

Nolan encuentra sus mejores imágenes cuando confía en el movimiento de los barcos, el cansancio de los cuerpos y la inmensidad del horizonte. La película pierde fuerza cuando intenta explicar verbalmente aquello que la cámara ya había comunicado.

El viaje que Nolan siempre estuvo filmando

La Odisea reúne muchas de las preocupaciones que atraviesan la carrera del director: el tiempo, la memoria, la culpa, la escala, los hombres absorbidos por una misión y el deseo de recuperar una vida que ya no existe.

No es su película más emocionante ni necesariamente la más equilibrada. Su duración, el reparto multitudinario y la obligación de recorrer los episodios más conocidos del poema producen momentos de dispersión. La modernización vuelve el relato más accesible, pero también elimina parte de su aspereza cultural y moral.

Aun así, Nolan comprende algo esencial: la verdadera odisea no es llegar a un territorio desconocido, sino descubrir quién regresa después de la misión.

La película no trata únicamente de un hombre intentando alcanzar Ítaca. Trata de alguien que debe decidir si todavía puede llamar hogar al lugar que abandonó y si la persona que vuelve sigue siendo la misma que partió.

Veredicto: un épico monumental, técnicamente extraordinario y más complejo de lo que su escala sugiere. Su espectáculo no siempre produce una emoción equivalente, pero su reflexión sobre la guerra, la memoria y el regreso le entrega una identidad que va mucho más allá de ilustrar el poema de Homero.

 

 

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