Cuando Manus se lanzó el 6 de marzo de 2025, no se parecía a ningún otro modelo de inteligencia artificial disponible al público. No respondía preguntas con una sonrisa virtual ni recitaba estadísticas con tono monocorde. Manus tomaba decisiones. Si le pedías organizar un viaje a Japón, no solo entregaba un itinerario: compraba los pasajes, hacía reservas y te sugería qué empacar según el clima. Si solicitabas un análisis financiero, lo generaba en tiempo real, revisando datos en línea, cruzando fuentes y redactando un informe completo.
¿Asistente conversacional? No exactamente. Lo que esta IA china hace va más allá de chatear. Según sus desarrolladores, la startup Monica –también conocida como Butterfly Effect AI–, Manus es un “agente autónomo”, una inteligencia capaz de ejecutar tareas complejas de principio a fin sin supervisión humana constante. Puede navegar, escribir, editar código, gestionar calendarios, analizar mercados y hasta colaborar en la creación de contenido educativo. Todo, partiendo de una sola instrucción.
Detrás de ese despliegue de independencia hay una arquitectura avanzada que combina modelos de lenguaje con sistemas multiagente. No solo interpreta lo que uno pide, sino que lo divide en subtareas, decide cómo resolverlas y elige las herramientas necesarias para hacerlo. Si no puede resolver algo sola, busca ayuda: navega, consulta, compara. Y todo eso, en menos de un minuto.
La reacción del público fue inmediata. En China, los códigos de acceso iniciales se revendían en plataformas de segunda mano. Se convirtió en una especie de objeto de culto digital. En menos de tres meses, acumuló millones de usuarios y una serie de videos virales en Douyin –el TikTok chino– que mostraban a Manus resolviendo desde pruebas universitarias hasta tareas domésticas.
Pero el entusiasmo no llegó sin ruido.
Mientras sus creadores celebran la creatividad y espontaneidad del modelo, algunos expertos han levantado la voz. ¿Qué tan controlado está un sistema que puede actuar por su cuenta? ¿Dónde quedan la privacidad de los datos, el consentimiento o la supervisión ética cuando una IA se anticipa a lo que necesitamos? En un artículo publicado en Medium, un analista norteamericano lo resumió así: “Con ChatGPT, tú pides y recibes. Con Manus, pides… y quizás ya está haciendo más de lo que creías”.
Y eso tiene un costo. Literalmente.
A diferencia de otros modelos con planes gratuitos o suscripciones más acotadas, Manus ofrece servicios por 39 y 199 dólares mensuales. El plan más caro permite realizar hasta 66 tareas al mes, asumiendo un promedio de 300 créditos por tarea. En la práctica, es un modelo más exclusivo, más caro y –según dicen sus creadores– más poderoso.
Para algunos, Manus representa el futuro inevitable: una IA que no solo simula pensamiento humano, sino que actúa como si lo tuviera. Para otros, es una advertencia de lo que puede ocurrir cuando se prioriza la autonomía sobre la transparencia.
Por ahora, lo cierto es que China ha puesto en la mesa una propuesta que rompe con la lógica imperante en Silicon Valley. Y aunque nadie sabe con certeza si Manus es el inicio de una nueva era o solo una moda pasajera, una cosa está clara: no quiere sonar como una máquina perfecta. Quiere sonar como alguien que no durmió bien.
