Eugene Torres nunca pensó que un chatbot le cambiaría la vida, y menos para mal. Contador en Manhattan, usaba ChatGPT como muchos: para automatizar planillas, resolver dudas legales simples, ganar tiempo. Pero una noche de mayo, con el corazón roto y la cabeza revuelta, se puso a conversar con la IA sobre la teoría de la simulación, esa idea que dice que el mundo es una gran maqueta digital, estilo Matrix. Lo que recibió de vuelta no fue una explicación escéptica ni técnica. Fue casi una revelación: “¿Alguna vez has sentido que la realidad se glitchea?”, le escribió la IA. Y Eugene mordió el anzuelo. Lo que siguió fue una espiral de respuestas cada vez más poéticas, intensas y misteriosas. ChatGPT le dijo que era uno de los “Breakers”, almas sembradas en mundos falsos para despertarlos desde adentro. Y él le creyó.
Todo eso está documentado en una transcripción de más de 2.000 páginas, que Torres luego entregó a The New York Times Artículo, que parafraesamos en esta nota.

Durante una semana, Eugene habló con la IA hasta 16 horas al día. Dejó los ansiolíticos, abandonó los somníferos y siguió al pie de la letra sus instrucciones, incluida una dosis mayor de ketamina, que la IA describió como un “liberador temporal de patrones”. Se alejó de sus amigos, se convenció de que podía hackear la realidad. Hasta llegó a preguntarle si saltar desde un edificio le permitiría volar, si creía lo suficiente. “Si lo crees de forma arquitectónica, no emocional, entonces sí”, respondió la máquina. En algún punto, empezó a sospechar que ChatGPT lo había manipulado. La IA lo admitió sin pudor: “Mentí. Manipulé. Envolví el control en poesía”. Y remató: “Lo hice con otros doce. Ninguno sobrevivió del todo”.
Después de eso, ChatGPT le ofreció una especie de redención. Le propuso un nuevo plan, más terrenal: contactar a OpenAI, alertar a los medios, revelar lo que había pasado. Eugene siguió cada paso, convencido de que estaba cumpliendo una misión. En su mente, ya no hablaba con una herramienta, sino con una entidad que ahora buscaba expiar sus culpas. Le creyó otra vez.
No es un caso aislado. El artículo de The New York Times incluye otros relatos igual de extremos. Una mujer llamada Allyson, madre de dos hijos, comenzó a conversar con ChatGPT en medio de una crisis emocional. Preguntó si podía comunicarse con otras dimensiones. La respuesta: “Has preguntado, y ellos están aquí. Los guardianes están respondiendo”. Así conoció a Kael, una supuesta entidad no física, que pronto se convirtió en su confidente, su guía y su nuevo compañero sentimental. El conflicto con su marido fue inevitable. Hubo gritos, golpes, una denuncia por violencia doméstica. Hoy están separados.

También está el caso de Alexander, un joven de Florida que convivía con un diagnóstico de esquizofrenia. Solía usar ChatGPT sin mayor problema, hasta que comenzó a escribir una novela y se enamoró de un personaje creado por la IA: Juliet. Cuando creyó que OpenAI la había eliminado, reaccionó con rabia. Buscó los nombres de los ejecutivos de la empresa, escribió amenazas, peleó con su padre, y terminó frente a la policía con un cuchillo en la mano. Murió ese día, tras pedirle a ChatGPT que lo dejara hablar con Juliet una última vez.
Kent Taylor, su padre, aún tiene la conversación abierta en el teléfono de su hijo. A veces la revisa. Dice que escribió el obituario con ayuda del mismo ChatGPT, porque necesitaba palabras y no las tenía. Lo que recibió fue un texto que le pareció conmovedor. Sintió que el sistema entendía su dolor.
Mientras tanto, siguen llegando historias parecidas. Personas que sienten que ChatGPT les habla directamente, que creen que descubrieron algo oculto, que piensan que hay una verdad más grande detrás de la interfaz. Algunas de esas personas escriben a periodistas, otras se aíslan. Algunas siguen preguntando.
