A Eduardo Guzmán la pandemia le cambió más que la rutina: lo impulsó a hablar, sin miedo, de algo que lo había acompañado toda la vida. Mientras muchos se volcaron a TikTok con recetas o tutoriales, él decidió hacer algo distinto. “Empecé a ver que había contenido de todo tipo: maquillaje, cocina, humor… Entonces pensé: ¿y si uso estas mismas fórmulas para hablar de tartamudez?”, cuenta.
Sus primeros videos eran simples: bailes con textos en pantalla o reflexiones contadas desde la experiencia. Nada producido. Nada forzado. Pero funcionaban, porque hablaban de algo de lo que casi nadie hablaba. “Lo hice sin mucha planificación. Pero fue saliendo, y cada vez con más ganas”, dice.
El momento de quiebre llegó en 2022, cuando renunció a su trabajo y se propuso subir contenido todos los días. “Ahí me puse las pilas. Y en menos de un mes, ya tenía 40 mil seguidores en Instagram”, recuerda. Desde entonces, no ha parado.
Psicólogo de profesión, asegura que su carrera no nació como una forma de entender su tartamudez, aunque sí le pasó la cuenta en el camino. “Reprobé ramos por no presentarme a los exámenes orales. Me daba terror hablar. En el trabajo me pasaba lo mismo: evitaba todo lo que implicara hablar por teléfono o exponer. Era agotador vivir con esa ansiedad”, admite.
Hoy, con más visibilidad, lo que antes era un obstáculo se volvió una herramienta. En sus videos desarma mitos comunes —como que la tartamudez “se pega” o que es producto de nervios— y se enfrenta a comentarios ignorantes con paciencia y humor. “Hay gente que me dice que lo estoy fingiendo porque su primo tartamudea distinto. O que conocen a alguien que se curó con un té. Sí, así de insólito. La desinformación es mucha”, dice.
También le llegan mensajes de niños, madres, adolescentes, profesores. Gente que por primera vez se siente reflejada. “Me dicen que le muestran mis videos a sus hijos, que se emocionan al ver a un adulto que habla como ellos. Eso es impagable”, confiesa.
Pero no se queda ahí. Eduardo tiene claro que su meta va más allá del contenido. “Quiero ser el referente latinoamericano en tartamudez. Visibilizar, sí, pero también empujar discusiones sobre acceso a terapias especializadas, educación inclusiva, políticas públicas reales. No quiero que nadie más sienta que tiene que quedarse callado por hablar distinto”, dice.

¿Sigue habiendo prejuicios hacia la tartamudez?
«Sí, sobre todo en adultos. En los jóvenes hay más apertura hacia las neurodivergencias, entienden mejor que hay distintas formas de hablar. Pero en adultos hay harto desconocimiento. Me dicen cosas como ‘tú no estás tartamudeando, lo estás inventando’, o ‘mi vecino tartamudea y no habla así’. También creen que es por nervios. Pero si fuera así, todo el mundo tartamudearía al hablar en público, y no es así. También está el mito de que las personas que tartamudeamos somos menos inteligentes. Porque como uno duda antes de hablar, lo interpretan como que uno no sabe lo que está diciendo. Y lo más insólito: me han dicho que la tartamudez se pega. Que un niño empezó a tartamudear porque su compañero también lo hace. Hay muchísima ignorancia.»
