La historia ya la vivimos una vez. En 2013 Google puso en la cara de sus primeros compradores los Google Glass, un armazón con cámara y pantallita que costaba 1.500 dólares y que duró menos que un celular con Windows Phone. Quienes los usaban se ganaron un apodo que quedó para siempre: «Glassholes». Los echaban de los bares de San Francisco, los funaban en la calle y los miraban con la desconfianza que merece cualquier persona que te apunta con una cámara mientras finge que conversa contigo. En 2015 Google los retiró de la venta al público y nunca más intentó ponerle lentes con cámara a la gente común.
Meta estudió ese fracaso y corrigió lo que fallaba, que no era la tecnología sino la pinta. En 2021 se asoció con Ray-Ban para lanzar los Stories, que pasaron sin pena ni gloria, y en 2023 llegó la segunda generación con inteligencia artificial, cámara de 12 megapíxeles y transmisión en vivo directo a Instagram. La diferencia con Google está en el diseño: en vez de parecer un gadget de ingeniero, parecen unos Wayfarer de toda la vida. Meta compró cerca del 3% de EssilorLuxottica para amarrar el negocio y en 2025 sumó una versión con pantalla en el cristal y pulsera neural por 799 dólares. Nadie te va a echar de un bar por usar anteojos de sol.
La única concesión a los demás es una luz blanca que se enciende cuando el aparato graba. Y ahí aparece lo peor de todo esto: existe un mercado de tapas, adhesivos y piezas impresas en 3D para bloquear esa luz. Meta instaló un sensor que detecta la obstrucción y suspende la grabación, pero igual hay gente vendiendo y comprando trucos para saltárselo. Piénsalo un segundo: hay personas pagando plata para poder grabarte sin que lo sepas. El único freno de privacidad que trae el producto es, al mismo tiempo, su accesorio más hackeado.
Basta abrir Instagram o TikTok para ver el resultado. Reels grabados en el metro, en el gimnasio, en la fila del supermercado, con gente que jamás autorizó salir en pantalla convertida en extra de un video ajeno. Streamers que transmiten su caminata por el centro con la cámara a la altura de los ojos, sin trípode ni teléfono en alto que delate nada. El punto de vista en primera persona se volvió un formato, y el formato necesita materia prima: tú, yo, cualquiera que pase por delante de un tipo con lentes de sol un día nublado.
Por eso el rechazo a los Ray-Ban Meta no es tecnofobia ni nostalgia. Es la reacción sana ante un aparato cuyo mejor caso de uso es la asimetría: el dueño sabe todo y el resto no sabe nada. Un teléfono grabando es visible, un lente grabando es una sospecha permanente. Y detrás está Meta, la misma empresa de Cambridge Analytica, la que pagó multas por privacidad en tres continentes, ahora pidiendo que le confiemos también nuestros ojos y nuestros oídos. El historial importa: nadie le entrega las llaves de la casa al vecino que ya entró dos veces sin permiso.
Los odiamos, sí, pero los odiamos en un mundo que cambió de reglas mientras mirábamos para otro lado. Lo que en 2013 era tabú hoy es rutina. Nos filmamos comiendo, entrenando, llorando y despertando; subimos la cara de nuestros hijos, del taxista, del vecino que reclama por el ruido. Las cámaras de timbre graban la vereda, los autos graban la calle y media oficina trabaja frente a una webcam abierta. La sociedad se acostumbró a vivir grabada y perdió el reflejo de molestarse. Los Ray-Ban Meta no crearon esa costumbre, se subieron a ella: llevan millones de unidades vendidas, triplicaron su uso diario en un año y apuntan a 10 millones anuales. El problema ya no es si el aparato va a fracasar como en 2013, sino qué queda de la privacidad ajena cuando el rechazo social, que fue lo único que mató a los Glass, dejó de funcionar.
