Todo empezó con una cucharadita de agua.
Sí, eso fue lo que confesó Sam Altman en su nuevo manifiesto, publicado con tono casi mesiánico, sobre el estado actual de la inteligencia artificial. Mientras el mundo discute sobre privacidad, empleos y control algorítmico, el CEO de OpenAI decidió soltar, en medio de su visión sobre robots que se construyen solos y cerebros digitales que diseñan nuevos materiales, el dato que todos queríamos (aunque no sabíamos que lo queríamos): cada consulta a ChatGPT gasta 0,000085 galones de agua. O como lo tradujo él mismo, «aproximadamente un quinceavo de una cucharadita».

Ese pequeño trago invisible se va, principalmente, en el sistema de enfriamiento de los datacenters, donde se alojan los modelos de lenguaje como GPT-4. No se trata de que los servidores estén sudando, pero casi: el calor generado por estos procesos requiere mecanismos de refrigeración intensiva, y ahí entra el agua como recurso. Un uso ínfimo por usuario, pero multiplicado por cientos de millones de preguntas al día, la cifra se vuelve menos anecdótica. Según algunos cálculos independientes, OpenAI habría consumido más de 700 millones de litros de agua solo en 2023, comparable al gasto anual de varias comunidades pequeñas.
¿Y el consumo energético? Un poco más visual. Cada interacción equivale a 0,34 watt-hora, lo mismo que prender un horno por un segundo o una ampolleta eficiente durante un par de minutos. Altman lo menciona de pasada, pero el mensaje es claro: la inteligencia artificial tiene cuerpo, y ese cuerpo come recursos.
El texto se titula The Gentle Singularity, pero poco tiene de suave. Entre reflexiones sobre ética, productividad y distribución equitativa de la inteligencia, Altman afirma sin rodeos que ChatGPT ya es más poderoso que cualquier humano que haya existido. Y lo que viene, según él, supera cualquier proyección tímida. En 2026 llegarían los sistemas capaces de descubrir ideas nuevas. En 2027, los robots funcionales. En la década de 2030, la abundancia de inteligencia y energía transformará lo que entendemos como progreso. Todo, impulsado por ciclos de retroalimentación: la IA mejorando a la IA, los datacenters generando más datacenters, y eventualmente, máquinas fabricando máquinas.
A pesar del tono profético, Altman deja entrever algunas dudas. Menciona la urgencia de resolver el problema del alineamiento (que las máquinas realmente hagan lo que queremos que hagan) y sugiere que el acceso a la superinteligencia debe ser abierto, no concentrado en pocas manos. También propone una nueva conversación global sobre límites sociales y reglas compartidas. Pero eso, de momento, queda como tarea para después.

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